“Vivimos y funcionamos con un discurso que no da cuenta del malestar en nuestra cotidianidad, y en el que no se nos permite reconocernos en el espejo de los que sufren”.

Esta frase del artículo de Eva Patricia Gil en la Revista de Observaciones Filosóficas “Simulacro, Subjetividad y Biopolítica; de Foucault a Baudrillard” señala algo que me parece característico de nuestras sociedades de consumo. El simulacro ha desplazado a la realidad; no habría realidad sino apariencia alimentada por la seducción de las imágenes y los medios. La vida se ve regida por la vigilancia y el control que vehiculizan el deseo. Sin embargo, como señala Susan Sontag en su libro “Ante el dolor de los demás“, la fotografía ofrece la posibilidad de ver en la imagen algo de lo que está sucediendo, algo de la realidad y el sufrimiento que puede quedar como testimonio con el que podemos solidarizarnos.

Es cierto que la apariencia high-tech de todos los platós de TV, además del aspecto impecable de los/las comunicantes choca con las imágenes que recibimos de los diferentes lugares del mundo y sus situaciones. Desde los medios “se protege” a los ciudadanos de algunas verdades que pudieran resultar insoportables, como ha hecho la política  estadounidense de no difundir imágenes de los soldados muertos en la guerra de Irak.  Pero es esta política de restricción de publicación la que señala el poder de las imágenes como bombas de realidad. Por otro lado, la hipersaturación de imágenes por parte de los medios neutraliza su contenido en la espectacularidad del dolor y la sangre.

¿Es posible mirar-pensar-actuar más allá del espectáculo del dolor, de la comodidad de los placeres a corto plazo (consumo) y los prometidos a largo plazo (producción) para saber algo del sufrimiento real que producen nuestros juegos políticos y económicos?

Eva Patricia Gil habla de los mecanismos de subjetivación por parte de las dinámicas de control y vigilancia en nuestras sociedades hipermedia que bloquean la capacidad de identificación con el dolor del otro. Siguiendo a Foucault y Baudrillard, habla de la vehiculación libidinal en la sociedad de consumo. El deseo de obtener recompensa a largo plazo, motor de la sociedad de productores bajo disciplinas de vigilancia, coexiste con el deseo de recompensa a corto plazo propio de la sociedad de consumidores. Esto viene a decir que nuestros deseos son producto de la disciplina y el control necesarios para que la sociedad de producción-consumo funcione. Los medios nos seducen, y crean el deseo de obedecer a la apariencia que se nos propone como deseable, así se establecen normas (hay que seguir el camino del éxito y ser feliz) que convierten los malestares en experiencias puramente individuales.

Es obvio que se adquieren formas de comportamiento en consonancia con la sociedad de mercado pero lo que no alcanzo a comprender es que la expresión del malestar sea vivida como algo exclusivamente individual, sin que sea posible articular palabra con otros. Eva Patricia Gil menciona la subjetividad narcisista que crea el simulacro, donde “la otredad es percibida siempre como amenaza”. 

 

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